Medio kilómetro cuadrado de manglar cada año. Esa es la superficie que, en promedio, los ecosistemas de mangle han ganado tierra adentro en la Península de Yucatán durante las últimas cuatro décadas, de acuerdo con la primera investigación científica que documenta este fenómeno en México. El hallazgo, publicado en la revista Regional Environmental Change y desarrollado con participación del Laboratorio de Análisis Espacial de Zonas Costeras (Costalab) del Parque Científico Tecnológico de Yucatán, confirma algo que algunos productores y habitantes de comunidades costeras ya intuían: el mar está empujando al manglar, y el manglar, a su vez, empieza a desplazar a otros ecosistemas y actividades humanas.
Entre 1984 y 2024, los manglares ocuparon 1,754 nuevas hectáreas en cuatro regiones de la península –la Laguna de Términos y el sistema Grijalva-Usumacinta, la costa caribeña de Quintana Roo, la zona kárstica entre Campeche y Yucatán, y el noreste, en Holbox‒ según el estudio firmado por Rodolfo Rioja Nieto y Francisco Guerra Martínez, investigadores de la UNAM. La velocidad promedio del desplazamiento fue de 4.47 metros por año, con una distancia media de 178 metros por polígono analizado. En total, los científicos identificaron 79 zonas de migración, concentradas principalmente en dos puntos: Laguna de Términos, en Campeche, con 37 polígonos, y Laguna Conil, en el área de Holbox, en Quintana Roo, con 21.
El mecanismo detrás de este movimiento no es misterioso, aunque sí revelador de la magnitud del cambio climático en la región. Entre 1901 y 2018, el nivel medio del mar aumentó 20 centímetros a escala global, y las proyecciones –citadas en el propio estudio‒ anticipan un incremento adicional de entre 28 y 55 centímetros para el 2100 en los escenarios más conservadores, y de hasta un metro si las emisiones de gases de efecto invernadero no se reducen. Ese avance del agua satura los suelos costeros bajos, y los manglares, que dependen de un delicado equilibrio entre la acumulación de sedimento y el crecimiento de sus raíces, responden desplazándose hacia zonas más elevadas cuando el mar sube más rápido de lo que ellos pueden crecer verticalmente.
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“Cada año podría estar creciendo medio campo de futbol en la península”, resumió Guerra Martínez en entrevista con el portal ambiental Mongabay Latam. Es una imagen que ilustra bien el fenómeno, pero que esconde una advertencia: ese avance no ocurre en terreno vacío. La investigación documenta que la migración sustituye humedales, selvas bajas y también zonas con actividad humana, incluyendo áreas ganaderas y turísticas.
Aquí está el problema que preocupa a los científicos y que tiene una relevancia directa para Yucatán. El fenómeno conocido como “compresión costera” describe justo esa disyuntiva: mientras el mar sube y el desarrollo costero –hoteles, fraccionamientos, carreteras‒ también avanza, la franja de tierra disponible para que el manglar se desplace se reduce cada vez más.
Rioja Nieto lo planteó sin rodeos: “si ahí tenemos hoteles, casas, poblaciones, actividades humanas, será limitada su posibilidad de expansión”. El investigador recordó que hace décadas México apostó por el turismo como motor económico en franjas costeras que hoy son Cancún, Los Cabos o Huatulco, y que ese mismo modelo de crecimiento acelerado es el que hoy compite por el espacio con el manglar en el litoral yucateco.
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El caso de Ciudad del Carmen, en Campeche, ejemplifica el riesgo: el estudio advierte que su crecimiento urbano acelerado alrededor de la Laguna de Términos –justamente uno de los dos focos principales de migración de manglar‒ probablemente derive en más infraestructura de control de inundaciones, lo que reduciría todavía más la superficie disponible para que el ecosistema continúe su desplazamiento natural. Un escenario similar podría replicarse en el corredor turístico de Quintana Roo, con ciudades como Cancún, Playa del Carmen, Tulum y Chetumal creciendo a ritmos comparables.
Para Yucatán, el mensaje no es menor. La franja costera del estado, con localidades como Chicxulub Puerto, Progreso, Telchac y Dzilam de Bravo, forma parte del mismo sistema geomorfológico kárstico que el estudio identifica como zona de migración activa.
De hecho, uno de los coautores relató que, durante trabajos de medición de límites de un ejido en Chicxulub Pueblo, constató en el terreno –con el testimonio de un habitante que recordaba la zona 50 años atrás‒ el avance de dos especies, el mangle blanco
(Laguncularia racemosa) y el botoncillo (Conocarpus erectus), sobre lo que antes era pastizal y selva baja.
México concentra alrededor del 6% de la cobertura mundial de manglares y es la cuarta nación con mayor extensión de este ecosistema, que además de servir de hábitat para peces, aves y mamíferos, funciona como barrera natural contra inundaciones y marejadas ciclónicas y es altamente eficiente en la captura de carbono. Que buena parte de esa migración ocurra dentro de Áreas Naturales Protegidas –como ocurre en Laguna de Términos y Laguna Conil‒ es, según Guerra Martínez, una noticia relativamente favorable en términos de conservación.
Pero el investigador advirtió que el manglar “ya llegó al límite del Área Natural Protegida” en algunos puntos, y que si continúa avanzando encontrará barreras –caminos, cercas, zonas urbanizadas‒ que podrían frenar por completo el proceso.
Ante ese panorama, los autores del estudio no plantean contener al manglar, sino anticiparse a su avance. Proponen la creación de corredores de migración que conecten zonas bajas con los manglares existentes, y advierten que, en algún punto, el cambio climático obligará a que la migración deje de ser un proceso espontáneo y se convierta en una migración asistida por el ser humano, con relocalización deliberada de propágulos y manejo activo del terreno. También sugieren revisar la clasificación de uso de suelo en franjas costeras aún no urbanizadas, para declararlas zonas de amortiguamiento antes de que la presión inmobiliaria las ocupe.
El estudio, aunque centrado en la Península de Yucatán, no es un caso aislado: los investigadores citan precedentes similares en Florida, Estados Unidos, y en Brasil, donde procesos de migración terrestre de manglar ya habían sido documentados, aunque con tasas distintas de aumento del nivel del mar. Eso, dicen, confirma que el fenómeno no es una particularidad regional, sino una respuesta ecológica que se repite en distintas costas del planeta a medida que el clima cambia. La diferencia es que, en Yucatán, la ventana para planear ese futuro –antes de que la compresión costera se vuelva irreversible‒ todavía está abierta.