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Microplásticos alcanzan al pulpo maya; hallazgo en Campeche pone bajo alerta a la principal pesquería en Yucatán

La presencia de microplásticos en el aparato digestivo tampoco significa que comer pulpo maya provoque enfermedades.

Investigadores recuperan fragmentos, fibras y pellets del aparato digestivo del Octopus Maya
Investigadores recuperan fragmentos, fibras y pellets del aparato digestivo del Octopus Maya / Especial

El pulpo maya, una de las especies que sostiene la economía pesquera de Yucatán, ya está ingiriendo microplásticos en aguas de la Península. Una investigación publicada este año encontró estas partículas en 89 de 95 ejemplares capturados frente a Campeche, equivalente a 93.68% de la muestra. En total, los científicos recuperaron 367 fragmentos, fibras y pellets del aparato digestivo de los animales.

El hallazgo no permite afirmar que los pulpos capturados frente a Yucatán tengan el mismo nivel de contaminación, porque los ejemplares analizados procedieron exclusivamente de la costa campechana. Sin embargo, el resultado adquiere relevancia directa para el Estado porque el Octopus maya es endémico de la plataforma continental de la Península y forma parte de una pesquería compartida principalmente por Campeche y Yucatán.

En Yucatán, además, no se trata de un recurso marginal. La temporada 2025 cerró con 25 mil 462 toneladas de pulpo y un valor comercial estimado en mil 762 millones de pesos, de acuerdo con el Gobierno estatal. La actividad mueve la economía de puertos, congeladoras, transportistas, comercializadores y miles de familias vinculadas directa o indirectamente con la pesca.

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Por eso, encontrar plástico dentro de una especie de ese peso económico abre una nueva preocupación ambiental: además de vigilar cuánto pulpo se captura, habrá que conocer en qué condiciones está viviendo y qué contaminantes acumula antes de llegar a puerto.

Nueve de cada 10 tenían residuos sintéticos

Investigadores analizaron 50 pulpos capturados en el 2021 y otros 45 obtenidos en el 2024 por pescadores ribereños frente a Campeche, entre 20 y 45 km de la costa. Las partículas aparecieron en 89 ejemplares.

El promedio también cambió entre ambos periodos: pasó de 3.18 microplásticos por individuo en el 2021 a 4.62 en el 2024, un incremento de 30.8%. Ese dato, sin embargo, debe interpretarse con cautela. Los propios autores advierten que dos años de muestreo no bastan para establecer que la contaminación esté creciendo de manera continua en toda la región. Corrientes, tormentas y otros procesos marinos pueden desplazar los residuos y modificar su distribución.

La señal científica, por tanto, es seria, pero no equivale todavía a una tendencia comprobada para toda la Península.

La forma de vida del pulpo maya ayuda a explicar su exposición. Habita aguas poco profundas y pasa buena parte del tiempo sobre el fondo marino, donde busca crustáceos y moluscos. Más de 80% de las partículas encontradas tenían una densidad superior a la del agua de mar, lo que favorece que se hundan y permanezcan entre sedimentos, precisamente en el ambiente donde el pulpo se refugia y se alimenta.

Puede tragarlas accidentalmente mientras manipula el fondo o incorporarlas indirectamente al consumir presas que ya contienen residuos. Los científicos identificaron 25 tipos de polímeros. El 77.11% de las partículas correspondió a fragmentos; el resto fueron principalmente fibras y pellets.

Entre los materiales encontrados aparecieron poliamidas utilizadas en textiles, cuerdas y redes de pesca; polietileno presente en bolsas y envases; celofán y otros polímeros asociados con actividades humanas. Las posibles fuentes son múltiples: aguas residuales, escurrimientos urbanos, basura, empaques, actividades petroleras y los propios aparejos y líneas utilizados en la pesca.

Algunos plímeros representan mayor peligroso

No todos los plásticos tienen la misma composición ni el mismo nivel de riesgo. El estudio utilizó un Índice de Peligrosidad de Polímeros para evaluar los materiales recuperados.

Encontró poliamida y poliéster en categorías de riesgo alto, mientras el PVC apareció clasificado como peligroso en las muestras del 2021 y el 2024. Otros polímeros con niveles preocupantes fueron el poliacrilonitrilo y el poliuretano. Ninguno alcanzó la categoría extrema.

Esto no significa que cada pulpo contaminado esté enfermo ni que la pesquería se encuentre actualmente comprometida.

La investigación plantea precisamente la necesidad de averiguar qué efectos puede tener una exposición prolongada sobre crecimiento, reproducción y supervivencia del Octopus maya.

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La preocupación adquiere otra dimensión al trasladarla a la costa yucateca. El pulpo maya obtuvo en el 2024 una Indicación Geográfica Protegida que reconoce su vínculo exclusivo con la Península de Yucatán.

En la región representa cerca de 75% de la captura de pulpo y su producción llega a mercados nacionales, europeos, asiáticos y estadounidenses.

La captura nacional de todas las especies de pulpo alcanzó 34 mil 493 toneladas en el 2024, según Conapesca. La Península aporta la mayor parte de esa producción.

En el 2025, la autoridad federal estableció inicialmente una captura permisible de 28 mil toneladas de pulpo maya para Campeche y Yucatán y posteriormente la amplió a 32 mil toneladas con base en la evaluación del recurso.

Es decir, existe regulación para decidir cuánto se puede extraer sin comprometer la población del molusco. El nuevo problema es que esa regulación pesquera no controla la calidad ambiental del mar donde crece.

No hay alerta para dejar de consumirlo

La presencia de microplásticos en el aparato digestivo tampoco significa que comer pulpo maya provoque enfermedades.

En México, las vísceras generalmente se retiran antes del consumo, lo que disminuye la exposición directa a las partículas detectadas. La investigación no demostró cáncer, intoxicaciones ni otro padecimiento entre consumidores.La pregunta pendiente es si sustancias químicas asociadas con algunos polímeros pueden trasladarse desde el aparato digestivo hacia los tejidos que sí llegan al plato.

Esa posibilidad todavía requiere estudios específicos. Por ello, presentar los resultados como una alerta alimentaria sería prematuro. Lo que sí existe es una advertencia ambiental