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Opinión

Cuando la inteligencia artificial aprende por nosotros

El problema comienza cuando dejamos de utilizarla como herramienta para aprender y empezamos a utilizarla como sustituto del aprendizaje. Porque aprender nunca fue solamente obtener la respuesta correcta. Aprender es buscarla.

La regulación de las redes sociales y pantallas es una prioridad para la Presidenta Sheinbaum.
La regulación de las redes sociales y pantallas es una prioridad para la Presidenta Sheinbaum. / Foto: Especial

No estamos ante un peligro futuro; ya estamos ante un problema del presente. ¿De qué se trata? De que nuestros jóvenes comiencen a sustituir con inteligencia artificial el proceso de aprender. No de que la utilicen. No de que pregunten, investiguen, experimenten o descubran con ella. La inteligencia artificial es probablemente una de las herramientas de conocimiento más poderosas que haya tenido la humanidad.

El problema comienza cuando dejamos de utilizarla como herramienta para aprender y empezamos a utilizarla como sustituto del aprendizaje. Porque aprender nunca fue solamente obtener la respuesta correcta. Aprender es buscarla.

Es leer algo que no entendemos y volver a leerlo. Equivocarnos en una operación y descubrir dónde estuvo el error. Escribir un párrafo, borrarlo y comenzar otra vez. Memorizar algunas cosas y relacionarlas con otras. Investigar, comparar fuentes, formular una hipótesis, discutirla, defenderla y, si encontramos mejores argumentos, cambiar de opinión. Aprender es también frustrarnos.

Ahora una máquina puede evitarnos buena parte del recorrido. Puede escribir el ensayo, resumir el libro, resolver el problema matemático, preparar la exposición, traducir el texto, encontrar argumentos, corregir la redacción y responder en segundos preguntas que antes requerían horas de investigación.

Ahí está la maravilla de la inteligencia artificial. Y ahí está también el peligro. Un estudiante puede presentar un magnífico trabajo que no sabe explicar y que jamás habría podido escribir, o resolver una ecuación cuyo procedimiento desconoce.

Nunca habíamos tenido tanto conocimiento al alcance de la mano, pero tampoco había sido tan fácil aparentar que sabemos algo que, en realidad, nunca aprendimos.

El celular es apenas el principio

La discusión adquirió este lunes una dimensión concreta en México.  La presidenta Claudia Sheinbaum anunció en conferencia de prensa que a partir del próximo 3 de noviembre quedará restringido el uso de celulares y tabletas en primarias y secundarias durante la jornada escolar, incluidos los recreos. La decisión fue respaldada por las autoridades educativas de las 32 entidades y, de acuerdo con lo presentado por la Secretaría de Educación Pública, una consulta a más de 565 mil docentes encontró que 81 por ciento estaba a favor de establecer algún tipo de regulación.

La medida abre una discusión necesaria. Los datos disponibles muestran que la distracción digital ya forma parte del problema educativo. En el examen PISA 2022, un 25 por ciento de los estudiantes mexicanos reportó distraerse utilizando dispositivos digitales durante las clases de matemáticas y 21 por ciento dijo distraerse por el uso que hacían otros estudiantes.

La decisión deriva de una discusión nacional impulsada por la SEP sobre el impacto de los dispositivos digitales y las redes sociales en niñas, niños y adolescentes

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Pero la propia OCDE introduce una advertencia importante: utilizar tecnología deliberadamente con fines educativos no produce los mismos resultados que utilizarla como distracción. Incluso encontró que los estudiantes que empleaban dispositivos digitales hasta una hora diaria para actividades de aprendizaje en la escuela obtenían, en promedio, mejores resultados en matemáticas que quienes no los utilizaban.

Ahí está la diferencia. No se trata de emprender una guerra contra la tecnología. Se trata de aprender a dominarla. Ahora bien, restringir el celular puede ayudar, pero no resolverá por sí solo el problema que tenemos enfrente. Porque el teléfono distrae la atención, pero la inteligencia artificial plantea una cuestión todavía más profunda: ¿qué parte del pensamiento estamos dispuestos a delegar?

La nueva brecha

Durante años hablamos de brecha digital.

La preocupación era lógica: unos niños tenían computadora, internet y acceso al conocimiento digital mientras otros quedaban excluidos. Esa desigualdad sigue existiendo y hay que combatirla, pero ante nosotros comienza a aparecer otra brecha que podría resultar mucho menos visible: la que separará a quienes aprendieron a pensar con inteligencia artificial de quienes aprendieron a dejar que la inteligencia artificial pensara por ellos. Los primeros tendrán una herramienta formidable. Podrán utilizarla para formular mejores preguntas, confrontar explicaciones, practicar idiomas, aprender programación, investigar en minutos lo que antes llevaba horas, encontrar perspectivas distintas y someter sus propias ideas a discusión. Los segundos también podrán producir resultados extraordinarios. Y precisamente ahí reside la paradoja.

Podríamos comenzar a tener trabajos escolares cada vez mejores mientras disminuye la capacidad de algunos estudiantes para producirlos por sí mismos. Una presentación impecable no necesariamente demostrará conocimiento. Un ensayo perfectamente escrito no necesariamente demostrará capacidad de escribir. Una respuesta correcta no necesariamente significará que alguien comprendió la pregunta.

Estamos entrando en la era de la apariencia del conocimiento y eso obliga a replantearnos incluso cómo evaluamos. Quizá habrá que volver a preguntar oralmente al alumno qué quiso decir, pedirle que defienda su razonamiento, que explique cómo llegó a una conclusión, que resuelva problemas sin asistencia y después utilice la IA para comparar procedimientos.

Porque ya no bastará con evaluar el producto. Habrá que comprobar el aprendizaje. La UNESCO planteó este mismo dilema en abril de este año al preguntarse cómo aprender a pensar en la era de la inteligencia artificial. Su reflexión parte de una realidad evidente: una IA generativa ya puede escribir informes o resolver ecuaciones complejas, pero la educación continúa teniendo funciones que no pueden reducirse a obtener respuestas, entre ellas desarrollar pensamiento crítico y socialización.

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Existe además una paradoja que deberíamos explicar desde muy temprano a nuestros hijos: cuanto más inteligente sea la herramienta, más preparado deberá estar el ser humano que la utiliza. Porque ¿cómo descubrimos que una inteligencia artificial se equivocó si nosotros desconocemos el contenido? ¿Cómo distinguimos una fuente confiable de una inventada? ¿Cómo cuestionamos un argumento si nunca aprendimos a construir uno? ¿Cómo detectamos una manipulación si acostumbramos nuestra mente a aceptar la primera respuesta que aparece frente a nosotros?

La inteligencia artificial no elimina la necesidad de conocimiento, sino que la aumenta. Necesitamos saber para poder preguntar. Saber para comparar. Saber para desconfiar. Saber para corregir. Quizá las escuelas tendrán que enseñar una nueva regla tan elemental como alguna vez enseñaron a leer, escribir y hacer operaciones.

Ahora bien, No tiene sentido prohibir la IA. Nuestros hijos vivirán con ella. Trabajarán con ella. Muchas profesiones cambiarán radicalmente debido a ella y saber utilizarla probablemente será una ventaja profesional. Negársela sería prepararlos para un mundo que ya no existe. Pero entregarle su pensamiento sería todavía peor.

Por eso la escuela que viene tendrá una misión paradójica: enseñar a los jóvenes a utilizar las máquinas más inteligentes que hayamos construido sin permitir que esas máquinas debiliten las capacidades intelectuales que necesitamos para utilizarlas.

Y eso comienza desde la infancia. Antes de pedirle a una IA que escriba, hay que aprender a escribir. Antes de pedirle que argumente, hay que aprender a argumentar. Antes de pedirle que investigue, hay que saber qué significa investigar. Antes de pedirle que resuelva, hay que aprender a resolver.

También hay que aprender a aburrirse

Por eso me parece especialmente interesante que la medida anunciada por el gobierno de México alcance también los recreos.

La escuela no existe solamente para transmitir conocimientos. En un recreo también se aprende. Se aprende a conversar, compartir, discutir, reconciliarse, inventar juegos, perder, ganar, observar a los demás, hacer amigos y resolver pequeños conflictos sin que exista una aplicación para cada uno de ellos. Y sí, también se aprende a aburrirse. El aburrimiento obliga al cerebro a buscar algo. Una pantalla se lo entrega inmediatamente. Quizá recuperar algunos minutos sin estímulos digitales sea también recuperar espacios para imaginar.

La OCDE encontró que las prohibiciones de teléfonos pueden reducir las distracciones cuando realmente se cumplen, aunque también advierte que prohibir no basta: en sus datos de PISA, 29 por ciento de los estudiantes de escuelas donde los celulares estaban prohibidos declaró seguir utilizándolos varias veces al día. Este dato resume perfectamente el desafío.

Podemos retirar el teléfono del salón. Lo más difícil será enseñar a nuestros hijos cuándo utilizarlo, para qué utilizarlo y cuándo decidir voluntariamente guardarlo. Con la inteligencia artificial ocurrirá exactamente lo mismo.

Ahora bien. No sabemos hasta dónde llegará la inteligencia artificial.

Lo que sí sabemos es qué no deberíamos entregarle como por ejemplo la curiosidad, el criterio, la duda, la creatividad, la capacidad de cuestionar, o el esfuerzo necesario para comprender algo que al principio parecía imposible. En definitiva, el pensamiento propio.

La inteligencia artificial puede convertirse en el tutor más poderoso que haya conocido la humanidad. También puede convertirse en el mayor atajo intelectual que hayamos construido. La diferencia no la decidirá la máquina. La decidiremos nosotros: gobiernos, escuelas, maestros, padres y los propios estudiantes. Porque la verdadera brecha de la era de la inteligencia artificial no estará solamente entre quienes tengan acceso a ella y quienes no.

Estará entre quienes aprendieron a pensar con inteligencia artificial y quienes se acostumbraron a dejar que la inteligencia artificial pensara por ellos.

El peligro no es que las máquinas piensen cada vez mejor, el peligro es que nosotros decidamos pensar cada vez menos.