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Opinión

Los que dejaron de morir

Una familia asesinada se convierte en la demostración de que la estrategia de seguridad no funciona, de que nada ha cambiado, de que México continúa exactamente dónde estaba.

Omar García Harfuch, Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana.
Omar García Harfuch, Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana. / Foto: Cuartoscuro

El asesinato de Jonathan Meléndez es de esos crímenes que estremecen a un país. Es un hecho que el tecladista de Camilo Séptimo fue asesinado en su casa en Atizapán de Zaragoza junto con su esposa embarazada, su hija de tres años y una joven trabajadora del hogar. Cuatro vidas arrebatadas dentro de una vivienda. Una familia destruida. Un niño que tendrá que crecer con una historia imposible de borrar. Solo el niño de seis años sobrevivió.

Hay que contarlo. Hay que investigar hasta el último detalle. Hay que exigir justicia.

Pero hay algo que ese crimen no demuestra si: que México sea hoy igual de violento que hace años atrás, cuando los gobiernos neoliberales de Vicente Fox, Felipe Calderón y Peña Nieto.

Y ahí comienza otra historia.

Porque mientras el país intentaba comprender la brutalidad de lo ocurrido en Atizapán, volvió a aparecer una vieja tentación de nuestra conversación pública: tomar un crimen especialmente estremecedor y convertirlo en representación de todo México.

El mecanismo es sencillo.

Ocurre una masacre y entonces parece que las estadísticas dejaron de importar. Una familia asesinada se convierte en la demostración de que la estrategia de seguridad no funciona, de que nada ha cambiado, de que México continúa exactamente dónde estaba. Pero los números dicen otra cosa. En septiembre de 2024, México registraba un promedio de 86.9 homicidios dolosos diarios. En julio de 2026 fueron 42.5. La reducción es de 51 por ciento. Son 44 homicidios menos cada día. Y julio de 2026 fue, además, el julio con el promedio diario de homicidios más bajo desde 2015.

No es una opinión. No es una consigna de Morena. No es un eslogan de Claudia Sheinbaum. Es un dato que no inventé yo. Y quizá la pregunta que deberíamos hacernos no sea solamente por qué están disminuyendo los homicidios, sino por qué a una parte de México le cuesta tanto aceptar que están disminuyendo.

El presunto asesino

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Cuando la política decide qué realidad vemos

La polarización tiene una característica particularmente peligrosa: termina convirtiendo los hechos en asuntos de identidad y funciona así.  Si una cifra beneficia al gobierno que apoyo, la creo. Si beneficia al gobierno que rechazo, sospecho de ella. Así dejamos de discutir los datos y comenzamos a discutir quién los pronuncia. Pero los datos no votan.

Se puede estar en contra de Claudia Sheinbaum. Se puede cuestionar su gobierno. Se puede discutir su estrategia de seguridad, exigir mejores resultados y señalar cada uno de los enormes problemas que México todavía tiene frente a la violencia. Eso no solamente es legítimo. Es necesario.

Una tragedia no es una tendencia

El asesinato de Jonathan Meléndez y su familia es una tragedia extraordinariamente impactante, pero una tragedia no es una tendencia estadística.

Para saber si los homicidios están aumentando o disminuyendo no contamos cuántos asesinatos particularmente atroces aparecieron esta semana en los noticieros.

Contamos todos los homicidios.

Los de personas conocidas y desconocidas.

Los que ocuparon las primeras planas y los que apenas merecieron unas líneas.

Los ocurridos en una zona residencial y los registrados en comunidades donde nunca llega una cámara de televisión.

Y cuando se cuentan todos, la tendencia es clara. En 22 meses el promedio diario pasó de 86.9 a 42.5 homicidios. Un crimen no puede borrar esa realidad. Ni siquiera uno tan atroz como el ocurrido en Atizapán.

Del mismo modo, esa reducción tampoco puede disminuir la gravedad de cuatro asesinatos.

No hay contradicción.

La contradicción aparece solamente cuando pretendemos utilizar una verdad para eliminar la otra.

El poder de una fotografía

Hay además una explicación profundamente humana para entender por qué ocurre.

Las estadísticas son frías.

Las víctimas tienen rostro.

Una cifra de 51 por ciento difícilmente produce la misma emoción que la fotografía de una familia asesinada.

Podemos conocer el nombre de Jonathan. Podemos ver sus imágenes como músico. Podemos conocer a su esposa, saber que estaba embarazada, mirar el rostro de su pequeña hija y pensar en el niño que sobrevivió.

¿Cómo fotografiamos, en cambio, a quienes no murieron?

¿Cómo hacemos noticia de 44 homicidios que dejaron de ocurrir cada día?

Ahí está la paradoja.

Los muertos son noticia.

Los que dejaron de morir, no.

No podemos entrevistar al hombre que no fue asesinado.

No podemos mostrar en televisión a la mujer que no se convirtió en víctima.

No conocemos el nombre del joven que regresó esa noche a su casa porque el homicidio que estadísticamente habría podido formar parte de aquella terrible cifra de 2024 simplemente no ocurrió.

Esas personas no saben que pertenecen a una estadística.

Continúan trabajando, estudiando, criando a sus hijos, regresando a sus casas.

Están vivas.

Y precisamente por eso nunca serán noticia.

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El odio también puede cegarnos

México vive una polarización política profunda. Y sería ingenuo pensar que esa polarización no ha alcanzado también a los medios de comunicación, a los comentaristas, a las redes sociales y a quienes participamos todos los días en la conversación pública. Hay quienes parecen incapaces de encontrar un error en el gobierno que apoyan. Y hay quienes parecen igualmente incapaces de reconocerle un acierto al gobierno que detestan.

Los dos extremos son peligrosos.

Porque cuando el propósito deja de ser comprender la realidad y pasa a ser confirmar nuestras convicciones, siempre encontraremos un dato que ignorar y una tragedia que utilizar.

El asesinato de una familia puede entonces dejar de ser únicamente una tragedia para convertirse en munición política.

Y las 44 personas que hoy dejan de ser asesinadas cada día desaparecen de la conversación porque reconocerlas obligaría a aceptar algo incómodo: la estrategia de seguridad está produciendo resultados en uno de los indicadores más importantes.

Eso No significa que las desapariciones estén resueltas.

No significa que la extorsión haya dejado de golpear a comerciantes y familias.

No significa que todos los mexicanos se sientan seguros.

Muchísimo menos significa que 42.5 homicidios diarios sean aceptables.

Significa solamente algo que debería ser mucho más sencillo admitir:

Los homicidios están bajando.

También esto es periodismo

Fiscalizar al poder no consiste en demostrar todos los días que el gobierno está equivocado. Consiste en comprobar si lo está. Hay una diferencia enorme. El periodismo debe desconfiar, preguntar, investigar, contrastar y denunciar. Pero también debe tener la capacidad de reconocer un resultado cuando los datos lo demuestran. Porque si solamente publicamos aquello que confirma lo que ya pensábamos, dejamos de observar la realidad y comenzamos a construir otra a nuestra medida.

El crimen de Atizapán merece toda nuestra atención. Y existen responsables que deberán responder ante la justicia.

Nada de lo ocurrido puede minimizarse.