Leslie Hendricks Rubio, hija del exgobernador Joaquín Hendricks Díaz, diputada local priísta y candidata del PRI a la gubernatura en 2022, se perfila nuevamente como aspirante a la candidatura tricolor para 2027.
Su nombre aparece en preferencias internas, pero su trayectoria política, impulsada por las influencias de su padre, y su derrota aplastante en el proceso anterior, generan críticas y dudas sobre su capacidad real para liderar al partido en un estado donde el PRI se encuentra en declive acelerado y sin propuestas que conecten con la ciudadanía.
Hendricks Rubio ocupó cargos como rectora de la Universidad Tecnológica de Cancún, posición atribuida a las influencias de su progenitor. Fue diputada local en la XV Legislatura (2016-2019) y candidata a la gubernatura en 2022, donde obtuvo apenas el 3% de los votos, frente a Morena (55%) y la coalición PAN-PRD (40%).
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Su paso por la política ha estado marcado por señalamientos de nepotismo y aprovechamiento de influencias familiares, lo que ha alimentado percepciones de un priismo dinástico.
Durante su gestión en la UT Cancún fue señalada por falta de atención a demandas laborales, opacidad en recursos y favoritismos. Como diputada local, su desempeño fue calificado de pobre y distante, con iniciativas limitadas y poca atención a la ciudadanía.
Además, fue presidenta del DIF estatal en un contexto familiar turbulento, lo que reforzó críticas sobre nombramientos por herencia más que por méritos propios.
Su aspiración recurrente arrastra el lastre de una derrota electoral que evidenció la desconexión del PRI con los votantes. Para muchos, su figura representa el continuismo de cuadros familiares en lugar de nuevos liderazgos.
En un Quintana Roo dominado por Morena, su posible postulación genera escepticismo sobre la capacidad del PRI para ofrecer una oposición creíble.
Analistas advierten que esta persistencia erosiona la imagen del partido, aleja a las generaciones jóvenes y profundiza la crisis de representación, mientras la ciudadanía observa con desconfianza cómo los apellidos tradicionales siguen dominando el panorama político sin ofrecer renovación real.