Maikel llegó a Mérida con una mochila, cien dólares y un número de teléfono que alguien le dio en la frontera. Era venezolano, médico de profesión, y llevaba tres semanas durmiendo en casas prestadas cuando se enteró de que en el Instituto Federal de la Defensoría Pública podían ayudarlo a tramitar su condición de refugiado. “Me dijeron que Mérida era segura, tranquila, que había trabajo”, recuerda. Lo que no le dijeron era que no había un sistema listo para recibirlo.
La historia de Maikel se repite decenas de veces por mes en la capital yucateca. Lo que hasta hace poco era un flujo casi inexistente se convirtió, entre mayo y diciembre del 2025, en un fenómeno que cuadruplicó los expedientes activos de personas migrantes en el estado: de 56 a 286 casos. Y en los primeros tres meses del 2026 ya se abrieron 54 expedientes nuevos, según datos de la Defensoría Pública Federal.
Lucero Gutiérrez de la Cruz, asesora jurídica especializada en movilidad humana del Instituto Federal de la Defensoría Pública, describe el fenómeno sin eufemismos: La solicitud por razones humanitarias se presenta con frecuencia en personas procedentes de Cuba y Venezuela; también hemos atendido casos de Paquistán y el Congo.
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La variedad de nacionalidades revela que Mérida no es un destino buscado por sus industrias –como Monterrey o Guadalajara– sino por algo más intangible: su reputación de ciudad segura. Y luego llegó Trump.
El factor Trump: deportados sin adónde ir
El delegado del Instituto Nacional de Migración en Yucatán, Luis Felipe Esperón Villanueva, confirmó algo que hasta entonces era susurro: cubanos deportados desde Estados Unidos estaban llegando al estado para pedir refugio y evitar ser repatriados a la isla.
Las políticas migratorias de la administración Trump, que en enero del 2026 activaron nuevas restricciones para venezolanos y cubanos a través de la Proclamación Presidencial 10998, cerraron una puerta que para muchos era la única salida. Mérida, casi por azar geográfico y reputacional, se convirtió en la siguiente opción.
“El número no es tan alto, pero sí hemos detectado algunas personas que han llegado con motivo precisamente de las políticas de Donald Trump”, indicó Esperón Villanueva. El funcionario no proporcionó cifras precisas, pero organizaciones de derechos humanos que trabajan en la ciudad confirman que el perfil de los migrantes que llegan a Yucatán cambió en los últimos meses: ya no son sólo personas en tránsito hacia Estados Unidos, sino personas que decidieron quedarse.
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A nivel nacional, el contexto es elocuente. En el 2024 se registraron 339 mil 298 venezolanos en situación irregular en México, la cifra más alta documentada para esa nacionalidad. Y en el primer trimestre del 2025, las solicitudes de asilo de cubanos en México fueron tan altas que superaron por primera vez a las de venezolanos: 9,467 versus 5 mil 794 en ese período.
La ciudad que no tenía plan
Mérida tiene hospitales modernos, calles limpias y una de las tasas de criminalidad más bajas de México. Tiene también algo que los migrantes necesitan desesperadamente: una sensación de normalidad. Pero no tiene –todavía– la infraestructura institucional para absorber una llegada sostenida de personas en condición de vulnerabilidad.
Las organizaciones civiles que atienden a migrantes en la ciudad describen un escenario de improvisación solidaria. Las iglesias han abierto sus puertas. Algunos grupos de venezolanos ya establecidos en la ciudad forman redes informales de apoyo.
Pero el acceso a empleo formal es un laberinto: los procesos de regularización migratoria pueden tardar meses, y mientras tanto la persona no puede trabajar legalmente, lo que la empuja a la informalidad o a la dependencia de terceros.
La brecha entre el perfil de los migrantes y la oferta laboral local es otra tensión invisible. Muchos de los cubanos y venezolanos que llegan son profesionistas –médicos, ingenieros, contadores– que en México difícilmente pueden ejercer sin revalidar sus títulos, un proceso costoso y largo. Así, el médico venezolano termina vendiendo arepas, el ingeniero cubano trabaja en construcción.
La xenofobia tampoco es un tema ausente. En grupos de Facebook y conversaciones cotidianas de meridanos ya circulan reclamos sobre la presencia de extranjeros, especialmente ante el encarecimiento de vivienda y la competencia por empleos de baja cualificación. Investigadores de la UADY que han analizado procesos territoriales en la ciudad advierten que la llegada de migrantes se suma a una serie de presiones sociales que la capital yucateca aún no sabe cómo procesar.
Mientras tanto, Maikel espera. Ya tiene permiso temporal para trabajar, aunque no en medicina. Estudia español con acento yucateco, aprende a pedir panuchos con habanero y a tolerar el calor. “Aquí la gente es buena”, dice. “Pero uno siente que llega a una fiesta a la que no fue invitado”.