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Yucatán acumula 24 años sin un huracán devastador, pero mantiene la alerta en 2026

El 1 de junio inició la Temporada de Huracanes 2026 y se mantiene la vigilancia en Yucatán.

La nueva temporada de ciclones arranca con pronósticos moderados
La nueva temporada de ciclones arranca con pronósticos moderados / Especial

Cada 1 de junio, Yucatán despierta con un calendario que le recuerda lo que puede venir. Este lunes arrancó oficialmente la temporada de huracanes del Atlántico 2026, un periodo que se extenderá hasta el 30 de noviembre y que, según los pronósticos más recientes, apunta a ser menos activA que el promedio. Sin embargo, los meteorólogos insisten en una advertencia que los yucatecos conocen de sobra: que haya menos tormentas no significa que no haya riesgo. La historia de la península lo demuestra con cruda claridad.

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) estimó para 2026 un rango de ocho a 14 tormentas con nombre, de las cuales tres a seis podrían convertirse en huracanes y una a tres alcanzar la categoría de “mayores”, es decir, de categoría 3, 4 o 5. La agencia asignó 55% de probabilidad a una temporada por debajo de lo normal, 35% a una temporada cercana a lo normal y solo 10% a una por encima de lo normal.

El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) de México coincide con esa lectura. Para la cuenca del Atlántico, el Caribe y el Golfo de México, AccuWeather publicó una previsión de 11 a 16 tormentas con nombre y cuatro a siete huracanes, en una lectura que también se ubicó entre lo cercano y lo inferior al promedio.

El factor que explica este escenario más tranquilo tiene nombre propio: El Niño. Este fenómeno está asociado al calentamiento anómalo de aguas en el Pacífico tropical y suele aumentar la “cizalladura”, es decir, un cambio fuerte en la dirección o intensidad del viento sobre el Atlántico. Ese “corte” vertical en la atmósfera tiende a desorganizar la convección y dificulta que las perturbaciones se consoliden como ciclones tropicales.

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Pero que el escenario sea estadísticamente favorable no equivale a tranquilidad garantizada. Los organismos oficiales reiteraron un punto fundamental: un pronóstico de menor cantidad de tormentas no equivale a “cero riesgo”. La NOAA destacó que su pronóstico es un cálculo de actividad total y no un pronóstico de impactos. En la práctica, basta con que un sistema se intensifique sobre el Golfo de México y apunte a las costas yucatecas para que toda una temporada “tranquila” se convierta en tragedia.

24 años de relativa calma: el peso de Isidoro

Para comprender por qué los yucatecos observan con especial atención cada temporada, hay que remontarse al 22 de septiembre de 2002. Esa tarde, el huracán Isidoro entró por Telchac Puerto como categoría 3, con vientos de hasta 225 kilómetros por hora, y tardó 36 horas en atravesar el estado. Dejó más de 500 mil damnificados, daños en 15 mil casas y afectaciones en 85 municipios, así como en 120 mil hectáreas.

El huracán se desplazó durante 36 horas sobre la superficie del estado afectando al 75% de la población. Las pérdidas se estimaron en más de 5 mil millones de pesos, de los cuales mil 670 correspondieron al sector agropecuario, 3 mil 143 al sector industrial y comercial y 400 al sector eléctrico. El expresidente Vicente Fox declaró a Yucatán zona de desastre y recorrió las zonas afectadas junto con el exgobernador Patricio Patrón Laviada.

Desde entonces, Yucatán no ha vuelto a recibir un impacto directo de un huracán de gran intensidad. Al cierre de la temporada 2025, el estado sumó 23 años consecutivos sin la afectación de un huracán intenso, según el Comité Institucional de Fenómenos Meteorológicos Extremos de la Universidad Autónoma de Yucatán (Ciafeme-Uady). Al iniciar 2026, esa cifra ya asciende a 24 años.

Eso no quiere decir que el estado haya estado completamente exento de amenazas. Huracanes como Wilma (2005), Dean (2007), Ernesto (2012), Delta (2020), Zeta (2020) y Grace (2021), aunque no causaron daños estructurales de gran magnitud, son recordados por sus inundaciones en diferentes zonas del estado.

El episodio más reciente fue Beryl, en julio de 2024. El huracán tocó tierra en Quintana Roo como categoría 2, para luego internarse en Yucatán ya como categoría 1. El exgobernador Mauricio Vila informó que Beryl salió de territorio yucateco con saldo blanco en la entidad. Una fortuna que el propio meteorólogo Juan Vázquez Montalvo, de la Uady, reconoció abiertamente: Beryl se formó en el Caribe como un huracán muy intenso e ingresó en la Península debilitado, “lo que fue una suerte” por el escenario de desastre que se pronosticaba.

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La memoria larga: de Gilberto a Isidoro

La historia ciclónica de Yucatán no empieza ni termina en 2002. En septiembre de 1988, el huracán Gilberto –considerado entonces el huracán del siglo‒ alcanzó una presión histórica de 888 hPa y registró rachas de viento de hasta 340 kilómetros por hora. Su ojo se mantuvo sobre Mérida entre las 19:00 y las 23:00 horas, dejando una calma impresionante antes de provocar una destrucción sin precedentes en buena parte del estado y en toda la costa yucateca.

Con categoría 5, el ciclón alcanzó vientos sostenidos de 295 kilómetros por hora y ocasionó la muerte de 202 personas en México, con daños cuantificados en 120 mil millones de pesos.

Catorce años después llegó Isidoro, que aunque fue menos intenso en vientos, resultó más destructivo en términos de daños por su prolongada permanencia sobre el territorio. El huracán realizó un recorrido en forma de lazo dentro de Yucatán durante 36 horas, afectando la zona más poblada y económicamente activa. Los daños fueron equivalentes a los que causarían tres ciclones.

A más de dos décadas de distancia, los yucatecos recuerdan aquel 22 de septiembre como una fecha de resistencia y aprendizaje. Isidoro no sólo dejó destrucción, también mostró la capacidad de organización y solidaridad de una sociedad que, pese a la adversidad, logró levantarse.

Septiembre, el mes que impone respeto

Los datos de climatología del Centro Nacional de Huracanes (NHC) son contundentes: septiembre es el mes más peligroso para la Península de Yucatán durante la temporada de huracanes, ya que representa aproximadamente el 30% de todos los huracanes anuales que impactan las costas mexicanas. No es casualidad que tanto Gilberto como Isidoro hayan llegado en ese mes.

Las condiciones que hacen de septiembre el mes más crítico incluyen temperaturas superficiales del mar superiores a los 26.5°C, alta humedad atmosférica y baja cizalladura vertical del viento, condiciones que permiten que los sistemas tropicales se intensifiquen rápidamente mientras se acercan a las costas yucatecas.

Para 2026, la NOAA señaló que la primera tormenta con nombre suele formarse entre principios y mediados de junio, el primer huracán a finales de junio y el primer huracán importante a mediados de julio. La ventana de mayor riesgo para Yucatán, sin embargo, se abre a partir de agosto y se prolonga hasta octubre.

La geografía no perdona

Yucatán tiene una vulnerabilidad estructural que ningún pronóstico puede ignorar. La ubicación geográfica de la Península es su principal factor de riesgo, ya que los huracanes frecuentemente tocan tierra o pasan muy cerca. Además, la topografía plana de la región contribuye a un aumento en las inundaciones, pues el drenaje de agua es ineficiente.

Los municipios más vulnerables del estado incluyen las zonas costeras como Progreso, Celestún, Dzilam de Bravo, Telchac Puerto, Sisal, San Felipe y Río Lagartos, así como Mérida, Kanasín, Umán, Motul y Tizimín, en función de su densidad poblacional y situación socioeconómica.

El mensaje de los especialistas para esta nueva temporada es el mismo de siempre, aunque no por eso menos urgente: los pronósticos favorables son una estadística, no una garantía. Veinticuatro años sin un huracán mayor son un buen dato histórico, pero también un recordatorio de que la racha, tarde o temprano, puede romperse. La preparación no tiene temporada baja.