Para miles de campechanos, La Ría no es solo una avenida, es un nombre que evoca memoria, agua y transformación urbana. Aunque su nombre oficial es Avenida Francisco I. Madero, los locales la siguen llamando La Ría porque, hasta hace pocas décadas, por ahí corría un estero natural que marcó la historia de la ciudad desde la época colonial.
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El origen del nombre: un estero que desembocaba al mar
Todo comenzó mucho antes de que existiera la avenida. A la llegada de los primeros exploradores españoles al poblado maya de Can Pech o Ah Kim Pech, notaron a un costado del asentamiento una amplia ensenada natural. Ahí desembarcaron y se abastecieron de agua dulce en un pozo que hoy está en el barrio de La Ermita.
Este estero o Ría de San Francisco era un canal natural formado por las corrientes pluviales que bajaban de los valles y cerros del interior durante la temporada de lluvias y que desembocaban directamente al mar. Con la fundación de la villa española de Campeche en 1540, el antiguo poblado maya se convirtió en el suburbio periférico conocido como San Francisco Campechuelo, hoy Barrio de San Francisco, y en su ribera oriental surgió el barrio de La Ermita. El estero quedó como una divisoria natural entre ambos.
Durante siglos, la Ría conservó su carácter natural. En 1792 se construyó cerca de su desembocadura la batería de San Matías, que apoyaba la defensa del reducto de San José El Alto. En 1816 se instaló el rastro municipal, hoy Casino de Campeche, detrás de la iglesia de San Francisco. Y entre 1882 y 1935, cinco puentes en las calles 10 B, 10, 14 y 16, incluido el famoso Puente Porfirio Díaz, permitían el paso de los tranvías urbanos sobre sus aguas.
Cómo lucía La Ría en la antigüedad
Hasta principios de la década de 1950, el paisaje era prácticamente virgen, un amplio canal de agua fluyendo hacia el mar, con orillas de vegetación y sin grandes intervenciones humanas. Las fotos antiguas que aún circulan en redes y archivos locales muestran un estero abierto, con puentes de madera o concreto, casas y comercios a ambos lados, y un aspecto pintoresco pero también funcional.
Los campechanos lo usaban como desagüe pluvial, pero también como espacio cotidiano. Algunos recuerdan haber pescado robalos, visto lagartos o incluso cocodrilos en sus aguas. Era, al mismo tiempo, una hendidura de la vergüenza, como la describió un cronista local por los desechos que arrastraba, y un lugar con cierto halo romántico para los jóvenes que cruzaban sus puentes camino a la escuela o al trabajo.
La transformación urbana de los años 60
El cambio radical llegó con el crecimiento de la ciudad. Durante el gobierno de Alberto Trueba Urbina, de 1955 a 1961, comenzó la urbanización del canal. Pero fue en 1961, bajo el gobernador José Ortiz Ávila, cuando se decidió transformarlo por completo.
Las autoridades consideraron que era un sitio olvidado y que cubrirlo o canalizarlo facilitaría las funciones urbanas, mejoraría la higiene pública y daría mayor seguridad a los automovilistas. Se construyó la Avenida Presidente Madero a ambos lados del riachuelo. La desembocadura perdió su aspecto natural al conectarse la Avenida Miguel Alemán con la Avenida Las Palmas.
Décadas después, para ampliar aún más la vialidad, el antiguo estero fue convertido en un desagüe subterráneo. El agua sigue corriendo por debajo del asfalto y desemboca hoy en la Dársena de San Francisco, donde atracan las lanchas de los pescadores. En 2015 se colocó en la glorieta de la prolongación una estatua ecuestre de Francisco I. Madero, símbolo de la modernización del área.
Una avenida con memoria
Hoy, la Avenida Francisco I. Madero es una de las vías más transitadas de Campeche, que une el norte de la ciudad con el centro histórico. Pero para los campechanos de toda la vida, sigue siendo La Ría. Ese nombre popular resiste el paso del tiempo porque guarda la memoria de un paisaje que ya no existe, el de un estero abierto que unía tierra y mar, que vio pasar tranvías y carretas, y que fue testigo silencioso del crecimiento de una de las ciudades más hermosas del sureste mexicano.
Como dicen los viejos archivos y las fotos que aún se comparten, La Ría ya no corre a la vista, pero su historia sigue fluyendo bajo el pavimento de Campeche.