Trabajadores de Quintana Roo demandan la implementación de la jornada laboral de 40 horas, una meta que consideran lejana ante la escasa presión sindical, el poco involucramiento juvenil y las condiciones precarias del empleo.
La clase obrera solicita acciones firmes para concretar la reforma y mejorar sus garantías y calidad de vida. Quienes recién ingresan al mercado ocupacional enfrentan mayores dificultades: apenas acceden a puestos mal remunerados o, en muchos casos, a la informalidad.
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Madres trabajadoras lamentan pasar gran parte del día fuera de casa mientras sus hijos crecen. Empleados con más de tres décadas de trayectoria critican la tibieza de los gremios, a los que acusan de no ejercer suficiente presión para que se respeten sus conquistas laborales.
En Quintana Roo, alrededor del 66% de la población integra la fuerza productiva, una de las más dinámicas del país, pero también de las menos favorecidas.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y la Secretaría del Trabajo, 43% labora en la informalidad; 51% cumple jornadas de entre 35 y 48 horas semanales, y 25% supera esa cifra. Pese a su intensa actividad económica, muchos no perciben un progreso acorde con los sacrificios que realizan para conservar su empleo.
El primer empleo
Uno de los sectores más impactados es el de jóvenes de 18 a 22 años que inician su vida productiva con la intención de independizarse y generar ingresos propios. Al incorporarse, se enfrentan a esquemas de alta exigencia física, horarios extensos y escaso tiempo libre.
Brandon N., de 21 años, se desempeña como almacenista en una cadena que abastece tiendas dentro de hoteles. Describe turnos que inician a las 6:00 horas y concluyen a las cinco de la tarde o más. Realiza labores de selección, empaquetado, acomodo y despacho de mercancía, muchas veces sin ver la luz del día y con pausas breves. Aunque afirma que el salario le ha permitido rentar y amueblar un departamento junto a su pareja, reconoce que ha sacrificado convivencia familiar y pasatiempos.
Admite saber poco sobre la iniciativa de reducción de horario. “Estamos más ocupados trabajando que pendientes de la política”, comenta. Le gustaría contar con turnos más cortos, pero considera que la naturaleza de su puesto dificulta cambios y, por ahora, prefiere conservarlo.
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Impacto en las mujeres
Otro grupo afectado es el de mujeres trabajadoras, en especial madres. Si bien su empleo garantiza el sustento del hogar, muchas resienten haberse perdido etapas clave en la crianza.
Zulia N., camarista en la zona hotelera desde hace 12 años, relata que en temporadas altas cubre turnos de hasta 10 horas. Tras regresar agotada, aún debía apoyar a su hijo con tareas y preparar la cena. Durante años apenas convivió con él por las mañanas y al anochecer. Hoy, aunque su hijo es independiente, conserva la sensación de ausencia.
“Trabajé para que no le faltara nada, pero hubiera querido compartir más tiempo con él. Ojalá la reforma termine con horarios interminables y abusos; que las nuevas generaciones disfruten lo que yo no pude”, expresa.
Voz de los veteranos
Un empleado de limpieza con casi 30 años de servicio, quien pidió anonimato, considera que las grandes empresas aprovecharon durante décadas la necesidad de la población, generando excesos. Confía en que la eventual modificación beneficie también a quienes están por jubilarse. Señala, además, que algunos sindicatos temen confrontar a las compañías y que las disposiciones queden en letra muerta.
Con sus compañeros, afirma sentirse tratado como “máquina humana” tras años de esfuerzo físico y escaso equilibrio familiar.
“El día que la reducción sea realidad será un triunfo del trabajador. Vemos a jóvenes repetir el mismo ciclo de desgaste. Es una lástima que no participen más en esta discusión, pues serán los principales afectados o beneficiados”, sostiene.
Mientras tanto, la masa laboral de Quintana Roo continúa su rutina en jornadas extenuantes. Mantiene la esperanza de que la reforma avance, aunque por ahora el cambio parece distante. Confían en que la organización y la participación social permitan, algún día, equilibrar trabajo y vida personal.