Al menos cinco apagones de gran escala en poco más de año y medio han dejado alrededor de 3.3 millones de afectaciones en la Península de Yucatán. Y cuando se preguntó si esas interrupciones dejarán de ocurrir, la Comisión Federal de Electricidad (CFE) no dio una garantía ni una fecha.
La directora general de la CFE, Emilia Esther Calleja Alor, respondió ayer, en la conferencia matutina de la presidenta Claudia Sheinbaum, que la empresa trabaja en diagnósticos, modernización y mantenimiento de la infraestructura.
Dijo que ya atiende las causas de fondo que detectó, que reforzó la Península con cuadrillas de distintos puntos del país y que interviene en las zonas donde identificó fallas. No fijó plazos ni afirmó que los cortes puedan eliminarse por completo. En lo publicado sobre la conferencia tampoco se detallaron el número de cuadrillas, el monto de la inversión ni un calendario de obras.
Problema de transmisión
La representante de la empresa explicó que el corte regional más reciente estuvo relacionado con un problema en la infraestructura de transmisión. Detalló que el Gobierno federal avanza en dos frentes: llevar más gas a la Península, sobre todo a Quintana Roo, mediante la conexión de un gasoducto, y reforzar las redes que transportan y distribuyen la electricidad.
Calleja Alor atribuyó las interrupciones de menor escala al crecimiento de árboles y ramas sobre las líneas. La humedad acelera la vegetación y un solo contacto puede dejar sin luz a una colonia, por lo que la CFE mantiene podas permanentes y reuniones semanales con los gobiernos estatales. Pero ese problema corresponde a la red de distribución y no explica por sí sólo los apagones regionales, asociados a la infraestructura de transmisión.
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El costo ya lo pagan los negocios. La Canirac Yucatán reportó que siete de cada 10 restaurantes consultados tuvieron problemas durante los cortes recientes y que 20 por ciento declaró pérdidas por suspensión del servicio, alimentos dañados o equipos afectados. Para un negocio, la falta de electricidad no solo impide operar durante el corte: compromete productos refrigerados, obliga a suspender servicios y puede dañar equipos.
Dos fallas que mostraron la fragilidad
El más reciente fue el apagón del 31 de agosto al 1 de septiembre: 745 mil 533 usuarios de Yucatán, Quintana Roo, Campeche y Chiapas se quedaron sin luz durante casi siete horas, 430 mil 840 de ellos en Yucatán. La CFE lo atribuyó entonces a vandalismo en líneas de alta tensión y presentó una denuncia ante autoridades federales; la explicación de este miércoles habló de una falla en infraestructura de transmisión. Está pendiente que la CFE precise si ambas versiones corresponden al mismo hecho.
Menos de tres meses antes, el 3 de junio, salieron de operación dos líneas de 400 kilovoltios del corredor Escárcega-Ticul y hubo que desconectar 579 MW de consumo en Yucatán y Quintana Roo. Un sistema automático evitó que el corte se extendiera a una parte mucho mayor de la Península. Los dos episodios tuvieron causas distintas, pero dejaron la misma lección: cuando un tramo crítico sale de servicio, el efecto se propaga con rapidez.
Una carretera eléctrica al límite
La explicación de fondo está en las cifras del Centro Nacional de Control de Energía (Cenace). En 2024, 42.9 por ciento de la electricidad consumida en la Península llegó por la red nacional, un dato que explica por qué una falla en unas cuantas líneas de alta tensión puede afectar a varios estados a la vez. La región produce, pero no lo suficiente, y su demanda máxima pasó de 2 mil 714.5 MW en el 2023 a 2 mil 980.7 MW en el 2024, un salto de 10 por ciento en doce meses. En mayo del 2025 llegó a 2 mil 991 MW, casi 3 mil.
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Buena parte de esa energía entra por la Compuerta de Flujo Escárcega-Sureste, cuyo límite normal es de mil 30 MW y que entra en alerta entre esa cifra y mil 220 MW. En el 2024 llegó a transportar mil 279 MW y operó por encima de su límite normal durante 528 horas, 6 por ciento del año. Sin las plantas locales de menor eficiencia, calcula el Cenace, el flujo habría alcanzado mil 528 MW y rebasado el límite más de 20 por ciento del tiempo.
Eso no significa que el sistema esté a punto de colapsar, pero sí que trabaja bajo presión. El Cenace considera deficitaria a la Península y recuerda que la necesidad de reforzar esa red se identificó desde los planes de expansión del 2017.
Más plantas, más gas y más red
La respuesta incluye generación local. Terminó la construcción de la central Mérida IV Elvia Carrillo Puerto, de 499 MW, y la Riviera Maya, en Valladolid, proyectada con mil 20 MW, tendría operación estimada para diciembre del 2027; juntas sumarían más de mil 500 MW. Pero las centrales de ciclo combinado necesitan gas, por lo que se amplía el gasoducto Energía Mayakan: 700 kilómetros y una inversión de 2 mil millones de dólares. A ello se suma el Parque Eólico Panabá, con 252 MW y 60 aerogeneradores.
En la parte que más se siente en las colonias, la CFE ejecutó en el 2025 un total de 174 proyectos en Yucatán, con 393 millones de pesos y 50 MVA adicionales de capacidad. Para el 2026 reporta 297 proyectos, entre ellos 204 transformadores. Las inversiones de ambos años superan los 700 millones de pesos y, para 2026-2027, se prevén obras que sumarían unos 160 MVA.
Es la parte menos visible del sistema, pero la más cercana al ciudadano: cables, postes, transformadores y subestaciones deciden si la electricidad llega con estabilidad a una colonia, una comisaría o una fábrica.
La presión no cede. El Gobierno estatal reporta más de 80 proyectos de inversión, con cartas de intención por más de 130 mil millones de pesos, y reconoce que los inversionistas piden certeza eléctrica. Banco de México también ha recogido inquietud empresarial en el Sur por la provisión de servicios básicos. Cada hotel, fábrica o centro logístico nuevo suma demanda.
La CFE sostiene que los trabajos en marcha reducirán la vulnerabilidad del sistema, pero hasta ahora no ha señalado a partir de cuándo podrá asegurar que la Península dejará de enfrentar interrupciones.
Por eso pesa la pregunta que la CFE dejó sin fecha. Generación, transmisión y distribución tienen que crecer al mismo ritmo que las viviendas, los comercios e industrias que se conectan; de lo contrario, cada nueva inversión llegará a una red que sigue corriendo detrás de la demanda.